lunes, 18 de enero de 2010

Los letrados y el proceso de independencia venezolano

Beatriz Alicia García

La visión tradicional que tiene el colectivo venezolano sobre el proceso de Independencia es la visión heroica, que se sigue enseñando en las escuelas, la que se vincula con una serie de batallas y héroes militares cuyas hazañas culminaron con la independencia política respecto a la corona española, y con los cambios que se derivaron de ese proceso. Según esa perspectiva la independencia sería una empresa fundamentalmente militar. Habría que señalar, en primer lugar, que la independencia venezolana no es un momento, no se alcanza el 19 de abril de 1810. Es un “proceso”, que tenía precursores, en la fallida conspiración de Gual y España (1797) y las expediciones emancipadoras de Francisco de Miranda en 1806. Ese proceso de independencia, es expresado políticamente el 19 de abril de 1810, por un colectivo que apoya la conjura contra el capitán general Emparan, y un año después, el 5 de julio de 1811, es firmada el acta de independencia. Pero la independencia propiamente dicha no se alcanza aún, sino luego de diversas batallas entre patriotas y realistas, y de perderse dos veces la república. El proceso de independencia venezolano no culmina siquiera con la batalla de Carabobo en 1821. Hasta 1830, que Venezuela se separa de la Gran Colombia, e inicia su vida como nación, la república venezolana no existe como tal, es decir, como nación soberana e independiente, pertenece al Virreinato de Nueva Granada.
Por otra parte, y es el eje del presente ensayo, el proceso de independencia es inseparable de la figura de los criollos letrados, quienes influenciados por diversas ideas y acontecimientos históricos del momento, en los cuales me detendré más adelante, tendrán un rol determinante en el inicio de ese proceso y en la posterior configuración de la nación venezolana. El Bolívar del Discurso de Angostura[1] es tan fundamental para los anales de nuestra historia y la configuración de la república, como lo fue el héroe militar, que hubo de morir años después en el destierro. La Declaración de la Independencia es redactada y firmada por destacadas figuras civiles del momento, Juan Germán Roscio, Francisco Isnardi, Francisco Javier Ustáriz, entre otros. Juristas destacados, representantes de las provincias que configuraban la capitanía general de Venezuela, cuya actuación en el proceso de independencia ha sido soslayada por la historia oficial. Sin las ideas previas que la justificasen, no se habría iniciado la guerra de Independencia, ni la posterior configuración de la república venezolana.

Acontecimientos históricos que influyen en el proceso independentista

Tal como se señala en el texto mismo de la Declaración de Independencia del 5 de julio de 1811, la invasión napoleónica a España es un factor determinante para que se inicie el proceso independentista en Hispanoamérica. Manuel Godoy, Primer Ministro español, de gran influencia en la corte, había firmado en 1796, en Aranjuez, una alianza defensiva con Francia, en contra de Gran Bretaña. Esta alianza se reafirma en 1807, cuando Godoy firma con Napoleón Bonaparte el Tratado de Fontainebleau, para dejarle paso libre a las tropas napoleónicas para atacar a Portugal, que se había aliado con Inglaterra. Luego de una serie de conjuras, Carlos IV había abdicado su derecho al trono, su hijo Fernando VII también es depuesto, ambos son obligados a exiliarse a Francia como prisioneros; previamente el emperador francés había ocupado algunas ciudades importantes del territorio ibérico y nombra a su hermano José, rey de España. A consecuencia de estos hechos, cae el propio Godoy, se inician una suerte de levantamientos y batallas que hacen al imperio español inestable políticamente; lo que prepara el terreno para que las colonias hispanoamericanas inicien lo que será el proceso independentista.
Otros hechos históricos ocurridos a finales del siglo XVIII, como la independencia de los Estados Unidos en América del Norte (1776-1786), la Revolución Francesa (1789) y específicamente la Declaración de los Derechos del hombre y el ciudadano, van a incidir en las ideas de los criollos caraqueños. Por otra parte, señala Pino Iturrieta (2007: 30), los ingleses difunden ideas “sediciosas” en territorio venezolano. Posteriormente algunos militares británicos se unirán a los patriotas en los campos de batalla. La historia ha destacado la participación del militar irlandés Daniel O’Leary, cuyas memorias han sido una fuente histórica inapreciable.
No debe olvidarse que una de las primeras misiones diplomáticas venezolanas parte a la capital británica, Londres, en 1810. Aunque el apoyo inglés no es tan altruista ni gratuito como expresa Bolívar en la misiva que dirige a Hippisley en 1818. Así lo señala Pino Iturrieta (2007: 30) al citar a Francisco Javier Yanes, quien expresa que luego de firmada la alianza entre España y Francia, en 1796, en contra de Inglaterra, a la que hemos hecho referencia, el gobierno británico previene al gobernador de Trinidad, Sir Tomás Picton para que proteja el comercio inglés en nuestro territorio y asimismo incite las ideas independentistas.

Una sociedad mestiza y heterogénea

Es necesario destacar que la mentalidad venezolana en la época de la Independencia es ecléctica, se alimenta de diversos procesos históricos e ideas de la época, y es claro, por otra parte, que no todos los estamentos de la sociedad venezolana apoyan las mismas ideas o están en el mismo bando. El criollo mantuano, influido por la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano, no es apoyado inicialmente en la guerra de independencia por el blanco de orilla, el pardo al que la ley prohíbe cualquier participación en los asuntos públicos, el esclavo negro o cimarrón, o el indio obligado a pagar tributo.
Por otra parte, habría que destacar el poder que la Iglesia ejercía sobre buena parte de la población, y su poder e influencia estaban estrechamente vinculados a la corona, la base de la sociedad colonial se sostenía en la fidelidad al rey y la fidelidad a Dios. Expresa Pino Iturrieta (2007: 25): “la acción de instituciones de primer orden, especialmente la Iglesia, mantenían la vigencia de los viejos cánones de pensamiento”. Es por ello que la circulación de ideas modernas de basamento científico estaba estrictamente prohibida en las colonias, aunque igualmente entraban burlando las restricciones. Recuérdese, por ejemplo, como el terremoto de 1812, fue calificado desde los púlpitos como “castigo divino” enviado a los revolucionarios por haberse alzado en contra del rey, oponerse al rey era oponerse a Dios. La figura de Francisco de Miranda es desprestigiada públicamente como hereje y las autoridades eclesiásticas y políticas españolas amenazan no sólo con la prisión o la pena de muerte a quienes lo apoyen, sino también con la excomunión de la Iglesia y la condenación del alma.
Ahora bien, junto con el dogma eclesiástico encontramos instituciones civiles coloniales que terminarán jugando un papel fundamental en el proceso de independencia, es el caso de los cabildos, a través de ellos se gestionan y resuelven los problemas del día a día, propios del ámbito local, que poco tienen que ver con la España peninsular. Los cabildos son estamentos sociales que pertenecen a lo que Briceño Guerrero denomina la Europa Segunda (Briceño Guerrero, 1997), la Europa que echó raíces en suelo americano. Esa conciencia del hispanoamericano, lo hace distinto al español peninsular, en tanto ha sido influenciado por problemas propios vinculados al espacio geográfico y el ambiente al cual pertenece y por las distintas razas y culturas que han configurado su identidad. La leyenda negra ha evocado el proceso de colonización y conquista de la América hispana como un proceso de destrucción, despojamiento y esclavitud, lo que es parcialmente cierto. Pero aún hoy perviven prácticas culturales mestizas que hemos heredado de las razas y culturas que han arribado a nuestro territorio. Otras perspectivas rescatan los rasgos culturales comunes que los hispanoamericanos heredamos del proceso de colonización y conquista. Pero cuando se inicia el proceso de Independencia ya somos lo que García Canclini (1990) ha denominado “culturas híbridas”. Por fatalidad histórica, si se quiere, en 1810, lo que nos caracterizaba, era un pensamiento híbrido, multicultural y multiétnico; alimentado por diversas realidades que convivían en un mismo territorio, con toda su carga de violencia, pero también de deslumbramientos, apetitos, lascivia. Si bien la cultura europea española se impone por la fuerza en lo que será la América Hispana, hay un trato cotidiano con las otras dos razas, la autóctona y la negra; lo que se diferencia, radicalmente, del proceso de conquista y colonización anglosajona, en la que los pueblos autóctonos no exterminados fueron confinados, hasta hoy, en las reservas, territorios al margen de la vida “civilizada” de las ciudades fundadas por los europeos.
En el momento de la Independencia nuestras sociedades eran mestizas, estratificadas y heterogéneas (Brito Figueroa, 2000: 159-183). El personaje Presentación Campos de la novela de Arturo Uslar Pietri Las Lanzas coloradas, personifica a ese sector de la sociedad colonial, excluido de todo privilegio público, que ante el conflicto independentista toma revancha y no se coloca de parte del dueño de hacienda mantuano. Incluso dentro del grupo mismo de los criollos caraqueños se presentan diferencias: hay conservadores y liberales, promonárquicos y prorepublicanos. Conviven los saberes científicos modernos vinculados al razonamiento lógico y al empirismo que difunde y organiza la Ilustración a finales del siglo XVIII, con la verdad dogmática que impone la Iglesia. Estas controversias aflorarán una vez alcanzada la Independencia, y conducirán al surgimiento de los caudillos regionales, y al estallido de la Guerra Federal a mediados del siglo XIX.
El 19 de abril de 1810 se conformó la Junta Suprema de Caracas, cuyos objetivos al deponer al capitán general Vicente Emparan no era configurar un gobierno republicano e independiente, desligado de España. El gobierno “revolucionario” se autodenomina “Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII”. La Guerra de Independencia, inicialmente, no es una lucha de liberación nacional, se plantea como una acción legitimista, que desconoce el gobierno impuesto por Francia.

¿Quiénes eran los letrados?
Ningún territorio por sí mismo es una nación, para que se configure como tal, es decir, como una comunidad político-territorial, se crean las leyes que deben regirla y se señalan los lazos históricos, sociales, culturales comunes que hace a sus habitantes conciudadanos, en tanto comparten determinados valores, determinada ideología, determinadas costumbres, una determinada historia. La nación se construye con actos, pero sobre todo con ideas, es una comunidad imaginada (Ríos, 1995). Es por ello que una vez iniciado el proceso de independencia van a surgir diversos documentos, leyes, tratados, que buscan perfilar a la futura república, van a redactarlos diversos juristas, militares, intelectuales y pedagogos venezolanos a lo largo del siglo XIX.
Los letrados, quienes reorganizan las naciones hispanoamericanas durante el proceso de la Independencia, son una suerte de intelectuales pragmáticos, no podemos separar sus ideas de sus actos o acciones. No son una figura equivalente a lo que hoy entendemos como intelectuales. No todos tomaron la espada, como en el caso de Miranda o Bolívar, pero indiscutiblemente los letrados tuvieron vínculos con el poder estatal o quienes ejercían ese poder. Algunos de ellos, los juristas, o los estadistas, podemos vincularlos a la transformación política propiamente dicha, pero otros, los pedagogos como Simón Rodríguez, plantearon la necesidad de educar cívicamente, socialmente, al ciudadano de las nuevas repúblicas.
Ramón J. Velázquez, citado por Sainz Borgo (2007: 9) distingue dos tipos de hombres de letras o letrados, los “peregrinos”, aquellos que por diversas circunstancias deben permanecer en el exilio, e incluso mueren en él (Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Andrés Bello, Simón Rodríguez, José Antonio Pérez Bonalde), lo que significa que deben alejarse de la realidad concreta que vive el país, y sólo la ven desde la distancia; y por otra parte, los “inacabados”, quienes permanecen en el país, sufriendo en carne propia los conflictos que se suceden (las luchas por el poder, el caudillismo regional, las consecuencias sociales y económicas de la guerra de Independencia), “pero frustraron sus obras de filósofos, poetas e historiadores” (...) Todo lo hacían pasando hambre, con periodiquitos de 300 ejemplares que ellos mismos imprimían. Son inacabados, porque la Venezuela de ese tiempo, a la cual ellos quieren servir, los tritura” (Sainz Borgo, 2007: 9-10). Los inacabados, como José Luis Ramos, Tomás Lander, Felipe Larrazábal o Pedro José Rojas, han sido borrados por la historia oficial. Sólo quizá la figura de Fermín Toro, que también pertenece a este grupo, ha sido estudiada en tiempos recientes. Curiosamente, los peregrinos, figuras más universales, que abandonaron el país con anterioridad al proceso de Independencia, o durante la guerra de Independencia, son los que la historia ha recordado con mayor ahínco: Francisco de Miranda, Andrés Bello, Simón Rodríguez. Poco sabemos, por ejemplo, sobre la labor pedagógica de José Luis Ramos o su contribución en el establecimiento de la república.

Caracas 2009-2010

Bibliografía


Bolívar, Simón. (1984). Obras completas. Vol. 1. Madrid: Maveco De Ediciones, S.A.

Briceño Guerrero, J.M. (1997, 1era. ed. 1994). El laberinto de los tres minotauros. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Brito Figueroa, Federico. (2000, 1era. ed. 1966). “La estructura étnico-social venezolana en las últimas décadas coloniales”. En Historia económica y Social de Venezuela. Tomo I. Caracas: Universidad Central de Venezuela. pp. 159-183

Caballero, Manuel. (2005, 1era. ed. 1997). De la “Pequeña Venecia” a la “Gran Venezuela”. Caracas: Monte Ávila Editores.

García Canclini, Néstor. (1990). Culturas híbridas estrategias para entrar y salir de la modernidad. México: Editorial Grijalbo.
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Jaksic, Iván. (2007). Andrés Bello La pasión por el orden. Caracas: Bid & Co.

Miranda, Francisco de. (2007). Diarios Una selección. (Comp. Juan Carlos Chirinos). Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Pino Iturrieta, Elías. (2007). La mentalidad venezolana de la emancipación (1810-1812). Caracas: Bid & Co.

Ríos, Alicia. (1995). “Venezuela entre 1810 y 1830: Las diversas concepciones de lo nacional”. En González Stephan, Beatriz, Graciela Montaldo y María Julia Daroqui (comps). Esplendores y miserias del siglo XIX. Cultura y sociedad en América Latina. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana/Equinoccio Ediciones de la Universidad Simón Bolívar. pp.139-158

Rodríguez, Simón. (1992). Inventamos o erramos. Caracas: Monte Ávila Editores.

Sainz Borgo, Karina. (2007). Cuatro reportajes, dos décadas, una historia: Tráfico y Guaire, el país y sus intelectuales. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana.





[1] “El Pensamiento Político del Libertador (Manifiesto de Cartagena, la Carta de Jamaica, el Discurso de Angostura, la Constitución de Bolivia y el Congreso Anfictiónico de Panamá) pueden considerarse las fuentes del Derecho Constitucional de la República y del Derecho Internacional Americano”, señala Carlos Siso en La formación del pueblo venezolano. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República (7ª. Edición, Caracas, 1986) (1ª. Edición, París 1939), pp. 11-12.

3 comentarios:

  1. Te felicito, es muy valios y profundo tu aporte cultural. ¡Bendiciones!

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  2. Me ha encantado, Beatriz. Ya ves, como dice Mario Vargas Llosa en el sueño del celta: "Eso era la historia, una rama de la fabulación que pretendía ser ciencia."

    Este texto esclarecedor me lo quedo, he pensado mucho sobre este tema, y me asombra encontrarlo escrito en otro lado con elocuencia semejante.

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  3. Gracias por los comentarios. En la medida en que mis labores docentes me llevaron a profundizar en la Historia me di cuenta de que más allá de las batallas y los héroes militares las historias de los países conllevan ideas, procesos que ocurren más allá de los campos de batalla. Afortunadamente textos como los de Inés Quintero y otros historiadores contemporáneos abordan esas otras historias y perspectivas que nos dan una visión mucho más amplia de por qué somos como somos, de los valores y las actitudes que han configurado nuestra idiosincracia.

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